Viaje al corazón de La Camarga

Para Andrée Santoni, porque si bien todo viaje abre en nuestra vida una perspectiva inédita, también, y simultáneamente, nos aporta una clara noción acerca de nosotros mismos: la del límite.

La vasta obra de Lawrence Durrell, El Quinteto de Aviñón, termina en Saintes-Maries-de-la-Mer para hacer de este enclave marinero  —lugar de peregrinación del pueblo gitano y capital de La Camarga— el símbolo exotérico de la renovación de la vida o nueva era, edad que se anuncia como triunfo sobre la ciega fuerza de la entropía. Alrededor de su iglesia, construida entre los siglos XI y XII, se arraciman las viviendas, como si éstas quisieran defenderla creando un círculo de protección, un dédalo fantástico de callejuelas y plazoletas que anudasen al mar la esperanza o el sueño de tantos peregrinos como suelen visitarla cada año. De la devoción a Marie-Jacobé y Marie-Salomé dan fe los numerosos y delicados ex-votos que adornan las paredes del templo, muestras de agradecimiento por los muchos favores recibidos. Al fondo de la iglesia, en la cripta, hallaremos la figura de Sara, la Virgen negra, a la que todos los gitanos llegados de no importa dónde veneran con tanto fervor como entusiasmo arrebatado.

Por el valor simbólico que adquiere el lugar, por sus muchas comodidades y amables tentaciones, iniciamos este viaje al corazón de La Camarga bajo la advocación de esa fuerza, entre telúrica y marina, que emana del lugar, y que Durrell sitúa en los confines de un misterio que no por oculto resulta menos evidente a lo largo de su obra.

Así pues, tras realizar la ofrenda a Sara y contemplar, no sin deleite, los muchos ex-votos que en las paredes de la nave central de esa iglesia se muestran, mi compañera de viaje y yo nos internamos en la mar con el sentimiento de completar un rito iniciático: el realizado por todos aquellos que, cada 24 de Mayo, llevan a Sara hasta las aguas del Mediterráneo para luego, al día siguiente, hacer lo propio con Marie-Jacobé y Marie-Salomé.

Imagen de la procesión en Saintes-Maries-de-la-Mer.

Es ésta una procesión muy celebrada por los gitanos de toda Europa (y aun del mundo entero) y en la umbría terraza de un restaurante del centro, su patrona, una aviñonesa afincada aquí desde hace años, enamorada del paisaje y de sus gentes, afirma que grupos de feministas llegan para celebrar, al amparo de las santas, los esponsales que los tiempos posmodernos ya permiten. Comoquiera que mi rostro muestre una expresión que no denota sino escepticismo, me asegura que así es, aun a pesar de mi incredulidad. Para reforzar sus palabras nos invita a una copa de licor tras la comida, y la conversación prosigue en torno a las novedades que se han presentado, a lo largo de este año, en el festival de Aviñón. Nos habla de una representación que le ha dejado una impresión profunda: Thyeste. La pieza escrita por Séneca ha sido, en manos de Thomas Jolly —nueva estrella ascendente en el firmamento del teatro francés— una obra maestra.

Uno de los muchos ex-votos en la iglesia de Saintes-Maries-de-la-Mer.

Bajo el influjo de esa conversación mantenida con la restauradora,  y a bordo ya del automóvil, abandonamos la capital de La Camarga para dirigirnos hacia el pequeño pueblo de Le Sambuc. Un hotel situado junto a la carretera, discreto y silencioso, nos parece el mejor sitio para descansar a lo largo de tres días y recorrer los rincones menos conocidos de la comarca. Sin embargo, el dios del lugar no nos acompaña; o no es otro su deseo que el de mostrarnos la cara más pintoresca, pero menos confortable, de la localidad. Son días de fiesta, y hay suelta de toros que jinetes expertos encañonan para que los mozos más aguerridos midan su destreza y valentía con esa fuerza oscura que, desde el origen de los tiempos, encarna Apis en la mitología. Si bien el espectáculo resulta agradable y atractivo, la noche, en cambio, nos sume en una tabarra interminable de música electrónica que, por pesada e insistente, resulta insoportable.  No tengo más remedio, entonces, que cerrar mis oídos con tapones y sumergirme en la lectura de esa novela de Rafael Argullol, El asalto del cielo, que recrea la peripecia vital de Bruno, su protagonista, quien a lo largo del relato no dibuja sino un territorio singular: el del nómada. Nomadismo que halla en La Camarga uno de sus paisajes principales, admirablemente descrito y comprendido: espacio incierto por el que vaga un hombre con cualidades, pero atribulado por brumas y antagonismos de toda índole. Gracias a ese relato de Argullol puedo conciliar el sueño con la promesa, cumplida, de un día espléndido que nos permite recorrer, con la calma requerida, el estanque de Vaccarès.

Es ésta una laguna de ensueño enclavada en una tierra de harmonía, donde viven en libertad toros y caballos, y donde recalan grandes bandadas de aves migratorias. Por un instante, el espejo del agua nos devuelve la imagen de nosotros mismos anterior al tiempo que habitamos; como si esas aguas, bautismales, nombraran nuestro ser más genuino, aquel que, por imposible, no pudiera pronunciar cuanto ama. Así, esa transparencia compuesta por el agua, la sal, los flamencos y el cielo abierto, invoca no sólo calma y quietud en el seno del alma, sino cierta lejanía donde se pierde el ser para despertar en el pálpito esperanzado de una belleza serena, agitada y vibrante en los arbustos.

La esperanza palpita en un fragmento lacustre.

Las horas del camino se hacen alegres, teñidas de un dicha indefinible, como si la propia naturaleza, obedeciendo a un código secreto, siguiera los dictados de una senda invisible habitada por una lengua viva: sueño creador de toda materia existente. Cuando nos damos cuenta, un aroma de sal, traído por un viento leve, nos hace levantar la vista, y no muy lejos, divisamos el pueblo de Salin-de-Giraud.

Exhaustos tras varias horas de ruta bajo un tórrido sol de agosto llegamos a este pueblo, cuyas salinas le han dado justa fama. En él, un complejo industrial construido por Solvay y Péchiney para la producción de sal y su transformación en soda, ha dejado señales evidentes de otro tiempo, un período que arranca de 1856 y que llega hasta nuestros días. Poblado a lo largo del siglo XX por emigrantes procedentes de toda Europa, pero sobre todo de los Balcanes, las huellas de esa época las hallaremos en dos barrios muy distintos aunque complementarios: en uno de ellos encontraremos dos grandes bloques de edificios para obreros, construidos con ladrillos rojos de obra vista, y en otro grandes mansiones destinadas, marcando pautas de jerarquía, a capataces e ingenieros.

Cruz de Camarga: ancla y corazón que amarran un mar de sentimientos fijados a esta tierra singular.

Paseando a lo largo del pueblo damos con una serie de restaurantes que, adosados, presentan una variada oferta gastronómica que ofrecen aquello que —más tarde así lo comprobamos— no pueden prometer. Dolorosamente para nuestros bolsillos, pero sobre todo para el estómago, nos encontramos con una carta bien surtida en apariencia, que luego —¡oh, desencanto!— apreciamos en algunos de sus ingredientes como cocina de cuarta gama, insípida, sin fundamento ni sustancia alguna. No damos crédito a esta degradación de la cocina provenzal, tan reputada en otros lugares de La Camarga, que aquí, sin embargo, nos provoca un vivo disgusto que, al cabo, nos obliga a volver al hotel que hemos contratado para tres noches en Le Sambuc. Mas no acaban aquí nuestras desdichas… Por segunda vez consecutiva, la noche desgrana sonidos extraños, ritmos tribales que parecen emerger del interior de una jungla remota, que, no obstante, se encuentra a nuestro lado, junto a la ventana que da a la algarabía que se ha formado alrededor de ese nuevo chamán, o sumo sacerdote urbano, que oficia bajo las siglas de un DJ desde el púlpito de un templete improvisado.

Andrée se agita, no duerme, protesta, pero al fin, haciendo abstracción del ruido, ignorando las voces y risotadas de borrachos impenitentes y aborregados, concilia un sueño breve que apenas si logra reparar su cansancio. Por mi parte, advertido ya de la movida que nos espera, de nuevo me coloco tapones en los oídos y me entrego, hasta dormirme, a la lectura de la poesía de Luis Cernuda. Los últimos versos, quizá premonitorios, me reconcilian conmigo mismo y con el mundo: Para llegar al que no eres, / Quien no eres te guía, / Cuando el amigo es el extraño / Y la rosa es la espina.

No logro comprender, cabalmente, el significado de estos versos. Sin embargo, un alivio invisible, como una inyección de morfina, invade mi cuerpo y la mente, al fin, divaga, navega por las oscuras cavidades del sueño, que a veces, sólo a veces, se ilumina.

…El mar la mar, como un himen inmenso,

Playa de Piémanson

Estos conocidos versos de Blas de Otero avivan con fuego la mañana rutilante y feliz, como si el amor que me acompaña no fuera sino la promesa de una permanente renovación del deseo, al abrigo siempre del ciego devenir del tiempo. Craso error, efímera ilusión. No siempre es así, por supuesto, pero generalmente el amor, como todo en el instante fugaz del justo tiempo humano, decae con el declive de la carne, la pérdida o la amarga soledad que impone la ausencia del objeto amado. Su última frontera, su postrero refugio no es otro que el dolor: No quiero que te vayas / dolor, última forma / de amar. Así nos lo recuerda, al menos, Pedro Salinas en La voz a ti debida. Otra tentativa, metafísica, luminosa, sería la de trascender los límites impuestos por las leyes del espacio/tiempo… porque ese amor, a pesar de todo, y retomando de nuevo el poema de Blas de Otero, quiere quedar. Seguir siendo, / subir, a contra muerte, hasta lo eterno. / Le da miedo mirar. Cierra los ojos / para dormir el sueño de los vivos. 

¡Empeño imposible cuanto más noble y sincero sea su impulso! Mas… ¡cuán grato es este sueño que nos vive! El mar que acaricia nuestra piel, el tibio sol de las últimas horas de la tarde, las salinas situadas al borde del camino, les saladelles o lavanda del mar que motea los senderos y carreteras, nos dicen que la vida, sólo la vida, importa. A pesar de experiencias dolorosas, recuerdos ingratos, duelos y quebrantos de toda índole, sólo existe este río que nos lleva —lento y manso unas veces, violento y tenebroso otras— probablemente hacia ninguna parte. El sinsentido, entonces, de toda la existencia, sólo queda abolido por esa llama viva del amor o su recuerdo. El instante revelador de la belleza, atravesado por el deseo enamorado y ardiente de otra cosa, otro ser u otro tiempo, nos calma y nos consuela de ofensas y humillaciones sin cuento y de las que nadie escapa. Como no podemos escapar, aquí y ahora, de ese hotel que hemos contratado en Le Sambuc, que, por tercera vez, sufre las agresiones de ritmos «musicales» endemoniados.

Último día en esta tierra, que aprovechamos para adentrarnos en ese pueblo emblemático llamado Port-Saint-Louis, que según algunos contertulios con quienes tuvimos la oportunidad de conversar en el estudio del pintor Pierre Giroux, situado en las estribaciones del Lubéron, es la parte más profunda de La Camarga, con la magnífica playa de Napoléon como broche final a tanto esplendor como nos rodea. Aprovechamos, pues, los últimos momentos de nuestro recorrido  para conocer el pueblo y emprender la ruta hacia Arles, última parada de nuestro viaje.

Port-Saint-Louis

En Arles el Ródano alcanza toda su hermosura, un canto del agua que roza la fuerza y perfección de una sinfonía, dirigida y encauzada por un largo muro de piedra. La ciudad es, en sí misma, fuente de ensueño, de historia, de vibrante poesía. Permanecer en ella durante tres días es el mejor regalo que cualquier visitante puede hacerse a sí mismo. Sin embargo, nuestro tiempo, muy contado, nos obliga a realizar una breve visita a la fundación Van-Gogh y un paseo de dos horas por las principales calles del centro de la ciudad. Dejarse llevar por las arterias de esta sin par villa francesa hasta dar con el corazón de la misma, les Arènes, seguir el ritmo de las volutas de la piedra de sus principales edificios e imaginar el destino de una posible existencia en no importa qué rincón de la misma, es un ejercicio de estilo que bien merece la atención y el cuidado necesarios para la feliz consecución de semejante empresa. Sin embargo, otros hados, han hecho que los nuevos gladiadores que se dan cita alrededor del campo de fútbol hayan ganado la partida. Francia, así lo proclama una multitud histérica, se ha hecho con el campeonato del mundo y coches y motos,  jóvenes, mujeres y viejos, se echan a la calle, ebrios de entusiasmo, para celebrar la «gesta». «¿Qué gesta?», nos preguntamos.

Hemos comprendido, al fin, que nada podemos hacer contra los imponderables de esa fuerza desconocida que conforman otro modelo pulsional, aborrecible e indeseado. Tras un paseo por los muros del cañón que bordea el río, volvemos al coche, y entre un griterío confuso y atropellado, enfilamos la carretera de Aviñón, origen y final de nuestro viaje.

Les Arènes de Arles

Una leve tristeza envuelve, como una neblina, nuestro ánimo, y sólo el majestuoso curso del Ródano, a su paso por la ciudad de los papas, puede alegrarnos, porque toda llegada conforma una nueva partida hacia esa terra incognita que supone cualquier viaje y que vive en el corazón de nosotros mismos.

Aviñón, la ciudad de los papas.

 

 

 

 

 

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José Enrique Martínez Lapuente

Aviñón, 20 de Agosto de 2018

 

 

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