Un hombre en la encrucijada de la Historia: Vasili Grossman

Cierta crítica literaria asimila Vida y destino Guerra y paz. Ambas novelas, en efecto, son el vivo reflejo de un momento decisivo para la nación que sufrió la invasión de las

Vasili Grossman

Imagen de la portada del libro “Vida y destino”.

tropas napoleónicas y, más tarde, el genocidio emprendido por el nazifascismo europeo. Por su extensión, por esa vocación totalizadora al desplegar una masa verbal que abarca un proceso particularmente dinámico de su historia, las dos obras constituyen un hito de la literatura rusa y universal. Sin embargo, la obra de Grossman concentra sobre sí una nota que, cuando menos, la hace característica: la de mostrar el mundo desde el interior de un conflicto que no puede más que determinar la suerte de todas las líneas que conforman su devenir y su sino. Hasta tal punto la guerra y sus devastadoras consecuencias ocupan la centralidad del relato que la narración no puede sino evocar una idea que, entre nosotros, Luis Cernuda expresó con singular acierto: «No sabe qué es la vida / Quien jamás alentó bajo la guerra.»

         En esta novela la vida desfila como un caudaloso río que discurre entre montañas de hierro y fuego, cuyas llamas iluminan la existencia humana más allá del silencio y del olvido. Fue escrita, probablemente, para conjurar la presencia de un fantasma que angustiaría las muchas noches de insomnio que su autor debió padecer cuando, en la cúspide de su éxito, se hiciera presente en no pocos pensamientos y sueños: «El tiempo, ese medio transparente en el que los hombres nacen, se mueven y desaparecen sin dejar rastro.»[1]

         «Sin dejar rastro.» Ése y no otro fue el propósito al que se aplicó la policía —con su acostumbrado celo—, cuando irrumpió en el apartamento de Grossman, en Moscú, con el preciso objeto de requisar todos los manuscritos de este libro (e incluso la máquina con que fue escrito). Para que de esos originales no quedara ni el recuerdo. A partir de ese día nuestro autor cayó en desgracia. Fue ninguneado, perseguido, desterrado… hasta ser reducido al ostracismo más completo. Un alto funcionario del Partido (Mijaíl Suslov, fiel Torquemada de la ortodoxia al uso) tuvo el dudoso rasgo de humor de comentar en presencia de su autor que, con mucha suerte, esta novela sólo vería la luz «dentro de dos o tres siglos».

         Vasili Grossman murió sin saber que una copia de la misma se salvó de la hoguera. En la Rusia del deshielo, tras la celebración del XX Congreso del PCUS, esa copia, celosamente guardada por Semión Lipkin, fue microfilmada por Andréi Sajárov, quien, gracias a la red de resistencia tejida por la disidencia soviética, se la pudo pasar al escritor Vladimir Voinóvich, quien, a su vez, consiguió pasarla al extranjero. Finalmente, dos profesores y escritores disidentes, Efim Etkind y Shimon Markish, pudieron reconstruir el texto a partir de los microfilms.

         La primera edición de Vida y destino vio la luz en 1980, en Suiza. En la Unión Soviética, y gracias a la política de Glásnost emprendida por Mijaíl Gorbachov, la obra de Grossman pudo ser conocida sin restricción alguna en 1988. En español circuló una primera versión, traducida del francés por Rosa María Bassols, y publicada por Seix & Barral. La edición definitiva de la misma, sin embargo, fue emprendida por Galaxia Gutenberg, editorial que encargó a Marta Rebón una traducción directa del ruso que ya resulta de obligada referencia por la calidad y cuidado de la misma.

El hilo conductor de esta novela lo constituye la familia Sháposhnikov, eje alrededor del cual gira la trama narrativa, conformando el polo a partir del cual brotan las líneas argumentales que el texto teje para mostrarnos, hasta completar el mapa de su composición, las fuerzas que animan la corriente —manifiesta unas veces, subterránea otras— de la historia del siglo XX. La descripción lúcida y cruel, sin concesiones ni subterfugios, sumerge al lector en el infierno, en la barbarie que supuso para todo el planeta la puesta en marcha de esa máquina de guerra que fue el nacionalsocialismo. Grossman, testigo privilegiado de ese período, no ahorra detalle alguno de todo cuanto supuso para el pueblo soviético la invasión de los ejércitos nazifascistas procedentes de Europa. En este sentido, la batalla de Stalingrado, esa guerra sin cuartel que se libró centímetro a centímetro en el marco de una ciudad triturada, se erige como uno de los escenarios principales en el que todos los segmentos de su construcción narrativa vibran al unísono para llevar a la conciencia del lector una vívida impresión de lo que significó, para la humanidad, el desenlace de esa campaña que abriría las puertas a la completa derrota del fascismo. Sin lugar a dudas, el destino del mundo se jugó en esa batalla decisiva. De ahí que Grossman la describa en círculos concéntricos que se amplifican a lo largo de su obra: para que los ecos de esa gesta sigan resonando en la memoria del género humano.

         Además del sitio de Stalingrado, la novela describe, sin escatimar detalles significativos, los campos de concentración, las cámaras de gas, las tareas propias del Sonderkommando, etcétera; y, en el propio terreno, en el de la Rusia dominada por Stalin, los campos de trabajo, la siniestra prisión de la Lubianka, la estepa calmuca, la vida cotidiana bajo la terrible presión de la guerra. En este último campo, en el de la vida cotidiana, en el día a día de los frentes y en la retaguardia, la mirada de Grossman rescata para el lector el valor absoluto de la vida, aunque la misma se desarrolle en las peores condiciones que podamos imaginar. Ésta, pues, constituye una primera particularidad que atraviesa y recorre su relato. Característica esencial muy presente, por otra parte,  en la literatura de los grandes escritores rusos, en los de antes de la revolución y en los posteriores a ella.

         La vida, unida al paisaje que la circunda, constituye un misterio que no deja de interrogar al ser humano desde la raíz misma de su existencia. Así, en la primera página del texto, podemos leer estas líneas: «Entre millones de isbas rusas no hay ni habrá nunca dos exactamente iguales. Todo lo que vive es irrepetible. Es inconcebible que dos seres humanos, dos arbustos de rosas silvestres sean idénticos… La vida se extingue allí donde existe el empeño de borrar las diferencias y las particularidades por la vía de la violencia.»[2]

         De ese misterio brota también el inmenso amor que Grossman sentía por su madre, Yekaterina Savélievna Grossman. Nuestro autor vivió siempre con el remordimiento de no haber hecho lo suficiente por salvarla de las garras de los nazis, pues murió, junto a 35.000 judíos más, en Berdychiv, ciudad situada en el norte de Ucrania. Son tristemente famosas las masacres protagonizadas por los Einsatzgruppen contra el pueblo judío en dicha región, y en la novela, en el gueto de dicha ciudad, una madre (personaje que no es otra cosa que un trasunto de la suya propia) se despide de su hijo, antes de morir, con estas palabras:

         «De la calle llegan llantos de mujer, improperios de los policías, y yo, yo miro estas páginas y me parece que me protegen de un mundo espantoso, lleno de sufrimiento.

         »¿Cómo poner punto final a esta carta? ¿De dónde sacar fuerzas, hijo mío? ¿Existen palabras en este mundo capaces de expresar el amor que te tengo? Te beso, beso tus ojos, tu frente, tu pelo.

         »Recuerda que el amor de tu madre siempre estará contigo, en los días felices y en los días tristes, nadie tendrá nunca el poder de matarlo.

         »Vítenka… Ésta es la última línea de la última carta de tu madre. Vive, vive, vive siempre…»[3]

         En Grossman, sin embargo, ese canto a la vida que arranca desde la primera página de su narración no es un poema vacío. El autor de Vida y destino no concibe la existencia humana sino como un compromiso con la libertad y el conocimiento. Libertad y conocimiento son los dos pilares sobre los que se asienta la crítica que ejerce no sólo contra el nazismo, sino contra el nacionalestalinismo. Para Grossman, pues, la libertad no puede ser constreñida o demediada por razones de Estado o argumentos transitorios en la filosofía política del Partido. A través de la libertad, el hombre, la nación, el socialismo, se realizan plenamente. Sin esa premisa irrenunciable, todo se torna gris, siniestro, sin sentido. Así lo afirma expresamente, valiéndose de Stepánov, cuando este personaje que permanece interno en un campo de trabajo, dice lo siguiente: «Usted […] olvida que existe una tercera vía para Rusia, la más natural: la vía de la democracia y la libertad.»[4] O cuando, elevando el tono de sus reproches, otro personaje, revolucionario que purga sus días en ese mismo campo, sentencia: «no comprendimos la libertad. La aplastamos. Ni siquiera Marx la valoró: la libertad es el fundamento, el sentido, la base de la base. Sin libertad no hay revolución proletaria».[5]

         Naturalmente, cuando estas líneas escribe, Grossman no ignora que la única posibilidad que le queda a su patria y a la causa del socialismo, desaparecido Stalin, no es otra que la de la libertad. Por eso exige del primer secretario, de Nikita Kruschev, «que devuelva la libertad a mi libro, pido que mi libro se discuta con editores, no con los agentes de la KGB».

         Al arriesgarse de ese modo, al hablar claro y alto en defensa de la libertad de expresión, Grossman sella su destino. Pero también lo hace esa caricatura de «socialismo», que prefiere sacrificar a sus mejores hijos antes que escuchar tan sensatas como necesarias palabras. La de Grossman, como la de tantos otros socialistas revolucionarios, fue la última oportunidad de rectificación. Detrás de Kruschev, llegaría la bestia parda de Brézhnev y demás burócratas adscritos a la gerontocracia del Partido. Con ellos se cerraría el breve período del deshielo y se harían definitivas las palabras que Víctor Serge dedica a ese malogrado ensayo de la Historia: «No existe gente más práctica, más cínica, más propensa a resolverlo todo con el asesinato que los plebeyos privilegiados que emergen al final de las revoluciones, cuando ya se ha endurecido la lava por encima del fuego, cuando la revolución de todos se convierte en contrarrevolución de unos pocos contra todos.»[6]

         Tampoco se queda corto Vasili Grossman al tratar de acotar lo ocurrido bajo la era del nacionalestalinismo, cuando señala esa época con esta reflexión que podemos leer hacia el final de su obra: «Las cazas de brujas, las hogueras de la Inquisición, las ejecuciones de los herejes, el humo, el hedor, la pez hirviendo… ¿Qué tenía que ver eso con Lenin, con la construcción del socialismo, con la gran guerra contra el fascismo?»[7] Éste es, todavía hoy, el gran debate que la Historia debe determinar. Pero, en cualquier caso, a estas alturas queda ya muy claro que fueron los propios revolucionarios quienes pagaron con su libertad, cuando no con su vida, la reacción termidoriana que significó el ascenso de Stalin al centro neurálgico del poder, núcleo desde el cual se preparó, con todo rigor y el mayor de los cuidados, el exterminio de cualquier adversario.

         La ciencia fue, durante ese tiempo, el talismán que el Partido pretendía poseer como verdad en exclusiva, como si el conocimiento tuviera dueño y firmara un contrato único con el secretario general del mismo. La relación de la burocracia con la ciencia siempre fue instrumental. Si servía a los intereses de la nomenklatura, que con mano férrea dirigía los destinos de la nación, bienvenida fuera. Ahora bien, si la investigación se apartaba, siquiera fuese un ápice, de la ortodoxia imperante, esa empresa era reo de graves sospechas. Muchos fueron los científicos que se vieron separados de su área de trabajo y deportados, ignorados, excluidos, cuando sus prácticas o teorías no se ajustaban al «modelo» construido por las doctas mentes del politburó. Grossman nos da, a partir de la figura de Víctor Shtrum, físico, y miembro de la Academia de las Ciencias, un retrato fiel, e irónico al mismo tiempo, de la situación de las diversas disciplinas científicas en la Unión Soviética. Para el autor de Vida y destino el socialismo, además de tomar como base la libertad, ha de estar científicamente fundamentado. Y ese fundamento ha de encontrar su sustrato en la radical libertad que debe presidir cualquier investigación. Investigación, no obstante, que debe preguntarse por la causa de su deseo y estar regida por una ética insobornable.

         Así las cosas, nos encontramos en la novela con que Víctor Shtrum, físico, formula una teoría revolucionaria que, en un primer momento, es rechazada de modo fulminante para conocer después, tras la personal intervención de Stalin, una acogida entusiasta y calurosa entre sus colegas y miembros del Partido. Tras degustar las mieles del éxito, y vistas las posibles desviaciones y peligros que dicha teoría puede albergar, Shtrum será finalmente despedido del laboratorio en el que trabaja al negarse a firmar una carta de condena contra varios compañeros. Es evidente, en el transcurso de esas páginas que están tocadas por una suerte de maravillosa intuición poética, que para Grossman ese mundo que conoció como nadie «está dominado por hombres de escasas luces convencidos firmemente de su razón».[8]

         Es más que probable que nuestro autor conociera la obra de Sigmund Freud. Aunque en ningún momento cita fuente alguna que lo relacione directamente con el inventor del psicoanálisis, sorprende que su concepción de la ciencia resulte tan afín a la hipótesis del inconsciente formulada por el célebre doctor de Viena. Así, por ejemplo, cuando el personaje del que hablamos elabora esbozos de su nueva teoría, de raíz cuántica, nos dice que… «asumiendo como premisa varias hipótesis arbitrarias […] Se dio cuenta de que parecía no haber ninguna conexión lógica entre la teoría y los experimentos. […] Había tenido éxito en el momento en que no había intentado relacionar la experiencia con la teoría, o viceversa. / La nueva teoría no procedía de la experiencia, sino de la cabeza de Shtrum. Lo veía con una claridad pasmosa. Lo nuevo había surgido de una absoluta libertad. […] Daba la impresión de que la teoría había nacido espontáneamente, del libre juego del pensamiento, y aquel juego desarticulado de la experiencia permitía explicar toda la riqueza de los nuevos y los viejos datos. Los experimentos no habían sido sino un impulso exterior que le había obligado a pensar, pero no determinaban su contenido. Era sorprendente… […] Y de ahí, de esa amalgama, había nacido su teoría, había subido a la superficie emergiendo de lo más profundo, donde no existen matemáticas, ni física, ni experimentos en un laboratorio de física, ni experiencia de vida, donde no hay consciencia sino sólo la turba inflamable del inconsciente…»[9]

         Sólo por estos párrafos, un hombre llamado Vasili Grossman sería objeto de la atenta mirada de aquellos cancerberos que, como Suslov, guardaban con fervor las verdades inmutables de la ciencia oficial  soviética. Mas en algún lugar quedó escrito que un espíritu crítico, animado por un corazón resuelto, no se arredra así como así ante la sumisión que todo poder espera de sus súbditos, aunque la retórica hueca los haga nominalmente sujetos de ciudadanía universal. Muy caro se lo hicieron pagar, en efecto; pero Grossman tenía una deuda de honor con quienes, sin esperar nada de nadie, dejaron sus vidas en cárceles, cunetas, campos de trabajo u hospitales psiquiátricos por gritar la verdad; o por decir, al menos, su verdad. Su apuesta no fue otra que la del socialismo en libertad; la de la fraternidad que hunde sus raíces en el conocimiento de la vida y de las leyes de la naturaleza y del universo; para hacer del hombre ese poema que aún está en construcción, que se yergue parcialmente contra la indiferencia en una tierra de nadie donde sólo habita el olvido.

         Ciencia y libertad constituyen en Grossman, como ya hemos dicho, las raíces que dan vida a una literatura que indaga acerca de la verdad de la condición humana, de las leyes que la sobredeterminan y de la emancipación que cada etapa de su existencia pueda formular. Grossman sabe, y así nos lo transmite, que cada anillo en el árbol de la civilización ha significado sacrificios y renuncias de todo tipo. Nada, pues, nos es dado gratuitamente. Desde esa firme convicción conjura el fantasma del fascismo para advertirnos que, más que cualquier Estado totalitario, ese movimiento, que no sólo arraigó en Alemania, sino que fue una peste que infestó continentes enteros, puede volver a brotar en cualquier momento si se dan las condiciones para su retorno. Lo hemos visto muchas veces a lo largo de la Historia.

         «El fascismo y el hombre no pueden coexistir»,[10] afirma, rotundo, Grossman. Sin embargo, es, también, otra posibilidad de la libertad: la posibilidad de realizar sobre la tierra el mal, el mal radical. «Allí, en el resplandor de los hornos, en la plaza del campo, la gente percibía que la vida era algo más que la felicidad, que también era maldad. La libertad es difícil, a veces dolorosa: es la vida.»[11]

         Los románticos, particularmente los románticos alemanes, ya nos advirtieron contra oscuras potencias de la materia que mora en el hombre. No son exactamente «el hombre», sino agujeros negros muy presentes en la dinámica de su inconsciente. De ahí, de esa región, emerge el mayor peligro para la propia vida. Se trata de un afán irrefrenable de la materia viva en pos de la materia inerte. Ningún movimiento político, por totalitario que sea, puede compararse a esa máquina de guerra que llamamos fascismo. Cuando se dan las condiciones (económicas, políticas, sociales…), cuando la situación lo permite, esa corriente encarna de tal manera en la sociedad y en el individuo, que toda línea divisoria entre razón y locura queda desdibujada primero para ser suprimida después por el movimiento de su propio impulso.

         «[…] en el fascismo, el Estado es mucho más suicida que totalitario. —Ésta, al menos, es la tesis que sostienen Deleuze y Guattari, y que comparto—. En el fascismo hay un nihilismo realizado. Pues, a diferencia del Estado totalitario que se esfuerza en obstruir todas las posibles líneas de fuga, el fascismo se construye en una línea de fuga intensa, que él mismo transforma en línea de destrucción y de abolición puras. Es curioso constatar cómo, desde el principio, los nazis anunciaban a Alemania lo que ofrecían: a la vez éxtasis y muerte, incluida la suya propia y la de los alemanes. Sabían que iban a perecer, pero que su aventura no acabaría ahí, sería recomenzada, Europa, el mundo, el sistema planetario. Y la gente gritaba ¡adelante!, no porque comprendieran, sino porque querían esa muerte que llevaba implícita la de los demás».[12]

         Si traigo a colación esta cita es porque, al tratar de la naturaleza del Estado erigido por el nacionalestalinismo, autores que comparten las tesis de Solzhenitsin afirman, sin rubor alguno, que el nacionalsocialismo y la experiencia emprendida por la revolución de 1917 desembocan en lo mismo: el Estado totalitario. Y no es así. Esa afirmación es completamente falsa. Aunque cierto sea que, desde el punto de vista subjetivo, el resultado dé lo mismo, la experiencia de los soviets no supone, ni en su formulación,  ni en su desarrollo, la preeminencia de una raza sobre otras, la consiguiente eliminación de los inferiores, la pureza genética o la completa destrucción de la nación entera en aras de un delirio inducido. El Estado de los soviets, al suprimirse la democracia como elemento central y mediando un proceso reactivo, da un Estado totalitario que despliega una contrarrevolución que doblega y subyuga la causa original de los oprimidos. Pero no es, como el fascismo, una máquina de guerra que se apodera del aparato de Estado y destruye cuanto encuentra a su paso, e inmolándose al no obtener la victoria total que promete. Al contrario: el totalitario es, en sí mismo, un aparato de Estado que despliega una máquina de guerra para tratar de absorber y dominar las líneas de fuga que brotan de su sistema. Nos encontramos, entonces, ante un aparato que trata de reproducirse y perpetuarse dentro de límites que no puede rebasar. Es, por su propia naturaleza y hasta cierto punto, susceptible de reforma. Lo demuestra, en el caso de la URSS, el XX Congreso del Partido Comunista, cuando el informe de Nikita Kruschev trata de volar de forma controlada los cimientos del estalinismo. Por supuesto, sólo lo consigue parcialmente. Pero arroja la semilla de la recuperación democrática del sistema. Esa posibilidad brota muy tardíamente, es cierto, cuando todo el edificio soviético está agotado y Mijáil Gorbachov emprende con decisión una política de reformas que ya no puede prender en un tejido social exhausto. Pero la posibilidad de transformación existió y aún vive en el seno de ese artefacto.

         Grossman no llegó a verlo, pero su obra, a la que dedicó todas sus fuerzas, existe gracias a las redes de resistencia que, dentro y fuera de la Unión Soviética, trataron de reconducir el proceso iniciado en 1917 por los cauces de una vía netamente democrática. La suya fue una vida en la encrucijada de la Historia, y su pregunta, la gran incógnita que nos plantea y que nuestro tiempo aún no ha despejado, es ésta: «¿Sufre la naturaleza del hombre una mutación dentro del caldero de la violencia totalitaria? ¿Pierde el hombre su deseo inherente a ser libre? En esta respuesta se encierra el destino de la humanidad y el destino del Estado totalitario.»[13]

©José Enrique Martínez Lapuente / Trasversales, Junio, 2013.

(Conferencia pronunciada en la Biblioteca Gòtic/Andreu Nin, de Barcelona.)


[1] Vasili Grossman, Vida y destino, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2007. Traducción de Marta Rebón. Las citas del texto proceden, todas ellas, de esta edición.

[2] Ibídem, pp. 11-12

[3] Ibídem, p. 110

[4] Ibídem, p. 229.

[5] Ibídem, p. 236.

[6] Víctor Serge, Medianoche en el siglo, Editorial Ayuso, Madrid, 1976, p. 180.

[7] Ibídem, p. 1059.

[8] Ibídem, p. 1007.

[9] Ibídem, pp. 437-439.

[10] Ibídem, p. 111

[11] Ibídem, p. 688.

[12] Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas (Capitalismo y esquizofrenia), Pre-textos, Valencia, 9ª edición, 2010, pp. 233-234.

[13] Ibídem, pp. 263-264.

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