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Viaje al corazón de La Camarga

Para Andrée Santoni, porque si bien todo viaje abre en nuestra vida una perspectiva inédita, también, y simultáneamente, nos aporta una clara noción acerca de nosotros mismos: la del límite.

La vasta obra de Lawrence Durrell, El Quinteto de Aviñón, termina en Saintes-Maries-de-la-Mer para hacer de este enclave marinero  —lugar de peregrinación del pueblo gitano y capital de La Camarga— el símbolo exotérico de la renovación de la vida o nueva era, edad que se anuncia como triunfo sobre la ciega fuerza de la entropía. Alrededor de su iglesia, construida entre los siglos XI y XII, se arraciman las viviendas, como si éstas quisieran defenderla creando un círculo de protección, un dédalo fantástico de callejuelas y plazoletas que anudasen al mar la esperanza o el sueño de tantos peregrinos como suelen visitarla cada año. De la devoción a Marie-Jacobé y Marie-Salomé dan fe los numerosos y delicados ex-votos que adornan las paredes del templo, muestras de agradecimiento por los muchos favores recibidos. Al fondo de la iglesia, en la cripta, hallaremos la figura de Sara, la Virgen negra, a la que todos los gitanos llegados de no importa dónde veneran con tanto fervor como entusiasmo arrebatado.

Por el valor simbólico que adquiere el lugar, por sus muchas comodidades y amables tentaciones, iniciamos este viaje al corazón de La Camarga bajo la advocación de esa fuerza, entre telúrica y marina, que emana del lugar, y que Durrell sitúa en los confines de un misterio que no por oculto resulta menos evidente a lo largo de su obra.

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Más allá del Trópico, el amor

Para Andrée Santoni, por un viaje inolvidable. Y, en el recuerdo de otro tiempo, para José María y Francisco de Borja Calzado Fernández, por la aventura vivida durante los años de militancia comunista.

A aquel hombre le pidieron su tiempo
para que lo juntara al tiempo de la Historia.

Heberto Padilla (En tiempos difíciles)

Entrada de Fidel Castro en La Habana
La revolución triunfante, con su «ideal diferente», entra en La Habana. Enero de 1959.

De una u otra forma, todos hemos sido convocados a juntar nuestro tiempo al tiempo de la Historia. Nuestro destino, aun cuando nos rebelemos contra él, está indisolublemente unido al curso de los acontecimientos colectivos que gobiernan nuestra vida. No es posible, aunque para ciertos poetas sea un ideal practicable, vivir en la insularidad de una existencia desligada del instante que nos ha tocado en suerte. Probablemente la humanidad haya conocido momentos más apasionantes que éste, estelares incluso; pero el actual, sin duda, es nuestro tiempo, el que nos ha sido concedido en la Tierra. A él, pues, debemos atenernos para vivirlo con la intensidad que reclama el deseo. Nos lo recuerda Bertolt Brecht con palabra percutiente que zumba en los oídos: «No os dejéis engañar / con que la vida es poco. / Bebedla a grandes tragos / porque no os bastará / cuando hayáis de perderla.»

Las pasiones que ilumina el deseo soportan mal la espera. Nada quieren saber de aplazamientos. Sin embargo, para realizarse, precisan tanto de la narración como del sueño; en definitiva, hay que darles continuidad y encadenamiento, es decir, tiempo.

Esta digresión viene a cuento como reflexión previa al relato de un viaje pendiente. Un viaje que siempre quise hacer y para el que nunca encontré ocasión idónea. Quizá porque las ocasiones «idóneas» sólo se dan en el ámbito de la imaginación, en el circuito íntimo de nuestra fantasía.

Cuba, con su revolución y su música, su carácter rebelde y entusiasta, con la promesa de una nueva sociedad que dejara atrás las terribles injusticias que vivimos bajo la férula de un capitalismo sin mecanismos adecuados de control social, encarnó, tanto para mi generación como para otras más jóvenes que la mía, ese ideal hacia el cual había que acercarse al precio que fuera. Fue algo más que una breve representación onírica. Esa experiencia forjó el carácter de muchos militantes comunistas, empujó a miles de ellos a una lucha desigual y despiadada, y acabó siendo el espejo en el cual contemplarse antes de emprender la larga marcha hacia un futuro que, al parecer, ya estaba escrito.

Pero antes de volcar en el papel algunas pinceladas significativas de mi periplo viajero, de realizar una breve relación de impresiones y pequeños acontecimientos, preciso es recordar, aun a grandes rasgos, el sentido que tuvo para muchos de los que quisimos «asaltar los cielos» el nacimiento y evolución de un  ensayo que pretendía «cambiar la vida y transformar el mundo».

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De la belleza y sus alrededores

Para Andrée Santoni, por los días compartidos en Córcega

Un caligramático suspiro
Un caligramático suspiro

Étienne de Montety ha dicho de François Cheng que éste posee «la elocuencia de un sabio» y «el método de un moderno Sócrates». No seré yo quien le enmiende la plana al famoso crítico de Le Figaro littéraire, pues, en efecto, la obra de este escritor nacido en China, en la provincia de Shandong, y miembro de la Academia francesa, posee las notas esenciales que aúnan el rigor discursivo con la belleza propia de la persuasión más inteligente. Poeta, calígrafo, traductor al chino de la obra de Baudelaire, Rimbaud, René Char —entre otros grandes de la literatura francesa—, François Cheng es autor, asimismo, de notables ensayos acerca de la poesía y arte chinos. Su obra, ampliamente reconocida, ha merecido, entre otros, los prestigiosos premios Femina y André Malraux.

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