Luis Marsans o el canto de la luz

Exposición antológica de la obra de Luis Marsans

Cierra los ojos y oye cantar la luz:
El mediodía anida en tu tímpano
Octavio Paz (Instante y revelación)

Adentrarse una tarde de otoño en la Fundación Vila Casas, de Barcelona, para contemplar la obra de Luis Marsans, uno de los magos de la pintura contemporánea más intimista y luminosa, es una de las pocas aventuras que nos quedan en esta ciudad donde la claridad vespertina, difuminada y gris, se disuelve en calles atestadas de coches y edificios que nos devuelven la imagen de una mirada perdida. La misma que este artista recrea al vaivén de un tiempo que ya es memoria en alguna región del olvido.
Desde una abstracción figurativa, o una figuración abstracta, Marsans nos invita al viaje evocador de un espacio interno, que, aun distante en la lejanía de lo ya vivido, permanece activo en el recinto secreto del recuerdo. Esa meditación sobre el tiempo, característica fundamental que atraviesa la totalidad de su obra, es el eje central del que brota la luz que asombra al espectador, sobrecogido ante el prodigio de una labor lenta, minuciosa, en la construcción de un canto que se derrama en líneas fugaces vibrantes de silencio.
Silencio y soledad son las fuentes que integran y articulan la obra de este pintor barcelonés nacido en 1930, cuya infancia vio las calles de París y que más tarde viajaría por Europa y América a la búsqueda, no tanto de un paraíso proustiano, cuanto de sí mismo, en el devenir azaroso de años decisivos para su formación y experiencia.
La exposición que con tanto cuidado nos ofrece la Fundación Vila Casas está formada por 52 obras entre esbozos, dibujos y pinturas, cuya realización comprende las décadas de los años setenta y ochenta. Veinte años, durante los cuales Luis Marsans pudo haberse integrado activamente en alguna de las vanguardias que elevaron la vida cultural de Barcelona hasta alcanzar, por sí sola, rango europeo. La Ciudad Condal era entonces un vivero de creación en ámbitos tan distintos pero complementarios como son el cine, la literatura, la poesía, la edición o la pintura. Nombres como los de Tàpies, Brossa, Mercè Rodoreda, los hermanos Goytisolo, Foix, Nunes, Gil de Biedma, Carlos Barral, García Márquez o Vargas Llosa componían un mosaico estimulante, abigarrado y variopinto. Inserto como estaba en un discurso plenamente moderno, familiarizado con el conocimiento y la amistad de Salvador Dalí, Marcel Duchamp, Max Ernst, Man Ray o John Cage, Marsans eligió sin embargo desarrollar una tarea de factura y esencia clásicas, una pintura que deseaba indagar en las paradojas y fenómenos del paso del tiempo. Y hacerlo, además, desde el sobrio recogimiento alrededor de un trabajo paciente, constante y lúcido.
Muy presente en su obra, el reflejo de la luz palpita con las ondas de una música que nace, como la soledad, del silencio: fuente oscura de la que manan bondad, inteligencia, reconciliación con los objetos y paisajes del mundo. Esa luz, además, permanece abierta y atenta a lo imprevisto, a la sorpresa de un instante que nos revela el devenir de todo cuanto aspira a encarnarse en una dimensión propia y desconocida que busca, hasta encontrarla, nuestra mirada. Desnudo y virginal, el resplandor que impregna sus cuadros da a la figura un halo que eleva cada pieza de su obra a una altura inédita, desde la cual la transparencia del color proyecta hacia nosotros la exacta armonía de su propio canto.

©José Enrique Martínez Lapuente

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