Luis María Esmerado, psicoanalista

 

Fotografía de Luis María Esmerado, psicoanalista, en el Interasociativo Europeo.

Luis María Esmerado

 

Vivamente
insepulta la sombra al otro lado
convoca aún.
Carlos Barral, Mar.

El pasado 3 de Abril moría en Barcelona, tras larga y penosa enfermedad, Luis María Esmerado Capdouze. Nació en Argentina en 1938 y toda su vida, desde que acabara sus estudios de Medicina y Psiquiatría, la dedicaría por entero a la práctica y transmisión del psicoanálisis.

Sin embargo, detrás de esta actividad absorbente, se adivinaba la veta magnífica de un personaje que bien pudo haber dado la figura de un diputado de la Convención —probablemente partidario de Danton— durante la Revolución Francesa. Un reformador social que asume como propia la cause du peuple no por conveniencia, para hacerse como tantos y tantos con un seguro de vida frente a la marea del terror… sino por convicción moral. Asumiendo que los tiempos exigen algo más que una solemne declaración de principios. Afirmando, y mostrando con sus actos, los valores preclaros de la Ilustración. O bien, si remontamos el curso de la Historia, nos podría haber dado el noble perfil de un antiguo senador romano que, al presentir la inminencia de su muerte, la acepta con serenidad cuando la mano, la mano que guarda el óbolo para el barquero, roza ya las frías aguas de la laguna Estigia en el preciso instante en que Caronte se acerca a la orilla a recogerle.

Quizá como respuesta a esa estructura profunda de su «personalidad», Luis María Esmerado, en su tierra natal, y siendo ya un joven profesional de reconocido prestigio, decidió tomar partido a favor de la renovación profunda, democrática, de la nación que tantos cuartelazos y golpes de Estado conociera en el transcurso de su historia. Pues durante años, Luis María militó en la fracción marxista del movimiento conocido bajo el nombre de Montoneros. De esos años, que tantas promesas parecían abrir para toda Iberoamérica, datan sus viajes a Cuba y su conocimiento de los primeros pasos de aquella revolución, sus encuentros con Nicolás Guillén y otros escritores, con otras organizaciones de América Latina. Desgraciadamente, el régimen que instauró en Argentina el siniestro binomio formado por López Rega e Isabelita Martínez de Perón daría paso a una de las mayores infamias de la historia reciente de Hispanoamérica: la llegada al poder de los militares y, con ellos, el horrible drama de los «desaparecidos».

Todos conocemos las principales líneas de esa tragedia. Inútil, pues, recordar pormenores de la misma. Baste decir ahora que a Luis María, como a tantos otros, la diligente policía le seguía los pasos. Ciertos amigos le pusieron sobre aviso y, como a un conocido juez federal de la provincia, alguien le dijo que se fuera deprisa deprisa, pues «los aires de Buenos Aires ya no son buenos para su salud».

Trasterrado a Barcelona, ese mismo año de su exilio (1976) pudo retomar su lugar como analista y trabajar de nuevo como tal en su consulta. Por ella han desfilado cientos de personas que, una a una, podrían dar testimonio de uno de los rasgos primordiales de Esmerado: su enorme capacidad para la escucha. Tanto dentro como fuera de su gabinete. Pero esta característica, esencial en cualquier analista, en Luis María alcanzaba la categoría de arte. No exagero. Su palabra, invariablemente, tenía el don de percibir el núcleo vivo de la «escena inconsciente»: precisa, oportuna, transparente.

Tres heridas, tres luminosas pasiones, atravesaron la existencia de este analista: su permanente dedicación, crítica a la par que entusiasta, a la causa del psicoanálisis; su compromiso político; y su abierta fascinación por los enigmas, paradojas, brillantes revelaciones, que de forma constante nos brinda la poesía.

Como psicoanalista, Luis María Esmerado se planteaba y proponía, muy ligadas a su práctica diaria, cuestiones nada sencillas. Él sabía de las dificultades de la clínica, de los progresos insuficientes de ciertas teorías del psicoanálisis, de las resistencias que halla en lo social la hipótesis del inconsciente… Su preocupación más importante en este campo la constituía el hecho de ser capaz de devolver a la comunidad a la que se pertenece (Invención Psicoanalítica, de la que fue fundador), un discurso renovado, marcado por un sello personal, distinto en cualquier caso del que se ha recibido en el momento de emprender la travesía. Para ello, nada mejor que aplicar la máxima heraclitiana de «avivar las diferencias», haciendo de ellas el motor de todo desarrollo.

Pero nunca resulta cómodo, en el seno de cualquier grupo humano, presentar la tarea que se tiene por delante en esos o parecidos términos. Contrariedades de toda índole acechan siempre a quien se propone la obra de transformar las premisas de nuestra condición en cualquier ámbito de su progreso histórico. En este sentido, a Luis María no le faltaron situaciones adversas. Mas nunca se arredra ante el revés quien sabe que gobernar «es cuestión de tino, de tacto, de conocimiento del mundo» (Manuel Azaña). En los momentos difíciles, Esmerado supo atender opciones encontradas, no pocas querellas, cuando no abiertas y groseras descalificaciones, desde el ejercicio de un espíritu abierto, cosmopolita, integrador, dialogante. Nunca se permitió la debilidad de convencer a nadie. Persistía en la posición de razonar con su oponente, de aportar puntos de vista que hicieran proseguir la discusión, de ampliar el abanico de posibilidades que lograra objetivar cualquier conflicto hasta conseguir elevarlo a un plano distinto, superior y algo distante, sabiendo como sabía que en la verdad de hoy está el error que alguien, inevitablemente, descubrirá mañana. Ese mañana que él deseaba distinto del hoy que habitamos, donde el hombre sigue siendo un lobo para el hombre, empeñado en repetir y extender hasta la náusea los signos fatídicos de su propia pulsión de muerte.

De ese deseo estaba hecho su compromiso político, el impulso que le llevó a asumir riesgos que, finalmente, le costaron el desarraigo del exilio.

Tal vez del territorio que dibujaron esos años turbulentos en su memoria, de su huella inaprehensible y misteriosa, procediera su devoción por la poesía. Luz invisible que alumbrara, apaciguándola, la nostalgia de una ciudad (Buenos Aires) que nunca más volvería a ser ella misma… Secuestrada por la miseria, el miedo, la desdicha.

Atento lector, Luis María solía reivindicar la palabra poética como una de las fuentes (y partes integrantes) de la formación del analista. Sabía que, más allá de su función estética, ésta era manantial para el conocimiento del deseo, señal profética del destino, imagen indeleble de un tiempo irrepetible. El mismo que le fue acordado en la Tierra, y del que nos ha dejado una estela de recuerdos inmarcesibles.

Sea, pues, su memoria, en la hora triste de su muerte, origen de causas tan nobles como las que él sostuvo a lo largo de una época única e irresistible.

©José Enrique Martínez Lapuente / Trasversales, Madrid, 2006

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