El último poema

Hablar de Carlos Oroza es evocar una imagen que sobrevuela por encima de cualquier otra en la nube de mi memoria: un paseo vespertino, en un día de otoño, por el antiguo barrio de pescadores de O Berbés, en la ciudad de Vigo.

Carlos Oroza

Carlos Oroza, el último bardo que sintió la tentación del Norte.

Ese día, Carlos, con aire nostálgico y un punto de desesperación en la voz, recordaba las dificultades de las muchas gentes que, a lo largo de la vida, se han quedado en la cuneta de su existencia. Sin embargo, orgulloso, señalaba: «Si bien lo han perdido todo, hay algo que conservan: su dignidad. Por muchas penalidades que sufran nadie podrá quitársela. Antes les arrancarán la vida.» Disconforme y rebelde, el poeta no podía sino solidarizarse con quienes, tras una reconversión salvaje del tejido industrial, habían perdido puestos de trabajo y perspectivas de vida. El abismo, además, se abría bajo los pies de una juventud que, hábilmente desorientada, caía como moscas en las redes de la heroína. Esa droga, durante los últimos años ochenta y primeros noventa, causó toda clase de estragos en Galicia.

Fueron tiempos difíciles que Carlos Oroza también experimentó en carne propia. En más de una ocasión, olvidado por muchos, me confesó su alarmante abatimiento: «El poeta es, para la mayoría de las gentes, un paria, un corruptor de menores, un delincuente. Alguien que no sirve para nada; a lo sumo, un ornato que queda muy bien en la celebración de algunos fastos que precisan de una palabra dulce, o, más que dulce, almibarada. Habría que hacer una poética de la rata, del rato, del submundo canalla poblado por gentes sin alma ni conciencia. En suma, querido amigo, una poética maldita. Una maldición poética que acabara con el poeta mismo en un acto abiertamente suicida.»

Al punto comprendí que la desazón de Carlos, su soledad, su pobreza, eran vistas poco menos que como una provocación por parte de muchos que decían quererle y admirarle, cuando, en realidad, le despreciaban,  haciéndole sentir cada vez más aislado de todo y de todos. Fue en ese contexto, en el transcurso de días complicados en que fantaseaba con  la posibilidad de su propio acabamiento, cuando decidí, en un homenaje secreto que él nunca conocería, escribir el poema que hoy publico.

En efecto, sin título alguno y tan sólo con una dedicatoria (A Carlos Oroza) compuse este poema tratando de comprender tanto el alma como la palabra del poeta, quien, a pesar de todo, no perdía el sentido del humor y la chispa del instante alegre que pasa rozando la vida. Así, por ejemplo, al salir un día de verano de la taberna La Viuda, en Vigo, nos encontramos de frente con Gonzalo Torrente Ballester y su secretaria. Carlos, generoso y cordial, me presentó al insigne personaje como «un poeta catalán» que solía pasar largas temporadas en tierras de Galicia. Me di cuenta enseguida de que, a tan celebrado escritor, no pareció gustarle mucho el apelativo de «catalán», y, de inmediato, sorteando al punto cualquier escollo que pudiera resultar desagradable, le dijo a Carlos: «¡Últimamente te veo muy delgado!» A lo que Carlos contestó: «Mi querido maestro, últimamente sufro de inapetencia.»

Nada agregó Torrente Ballester, quien tomó las de Villadiego sin más comentarios ni indagaciones sobre la situación del poeta. La salida de Carlos fue muy celebrada durante los días siguientes, tanto en La Viuda como en Casa Eligio, tabernas donde solíamos recalar y coincidir, casi a diario, con Román Pereiro Alonso, médico eminente y notable crítico de arte, pero, por encima de todo, una gran persona y un buen amigo. Con él y otros compañeros de tertulia (Xosé Telmo Lodeiro, Laxeiro, etc.) tiempo tuvimos de celebrar ésa y otras anécdotas de Carlos. Sin embargo, la vida material de éste iba deteriorándose y nadie, salvo los incondicionales, parecía capaz de echarle un cable que solventara dignamente la precariedad en la que el poeta vivía.

Por supuesto, esa circunstancia cambió. Pero a mí siempre me quedó un sabor amargo que volvía cada vez que, en privado, comentaba ese momento de la vida del poeta. Recordándolo meses después, en Barcelona, inicié la escritura del poema que hoy, transcurrido casi un año de su fallecimiento (escrito el último poema de su vida con su muerte), hago público. Con el ánimo exclusivo de compartir un pequeño e íntimo homenaje al que fuera bardo extraordinario y amigo fiel.

Algún día, tanto en Galicia como en otras nacionalidades que integran el mosaico español, alguien tendrá que revisar su obra y darle el lugar que, por méritos propios, merece en la historia de la Literatura. Mientras tanto, vaya este poema, que sólo pretende recordar la figura del amigo y la obra del poeta.

Fotografía tomada con motivo de una exposición de Xosé Telmo Lodeiro

Xosé Lodeiro y Carlos Oroza. Pintor y poeta fundidos en fraternal abrazo.

 

 

 

 

 

 

A Carlos Oroza

Cuando quieran robarte el último poema.
Cuando tu voz más inocente intente ser quemada
por bedeles que nunca sufrieron la tentación del Norte.
Cuando sobre tu cadáver aún caliente
que muchos quisieran suicidado
—Esenin o Mayakovski no lo harían mejor—,
y digan:
«Fue un maldito, un corruptor de menores.»
O lo que no dirán nunca:
«Lo maldecimos porque supo
amar la inocencia acorralada
que nosotros destruimos con dinero a manos llenas.
Lo maldecimos porque su voz nunca fue nuestra,
porque fue distinto
y nunca comprendimos la temida diferencia.
Lo maldecimos por sus ojos,
espejos de nuestra mala sombra.
Por decirnos:
“Necesito algo que no sea humano
Algo verdaderamente inocente e imposible.”
Porque supo, a mitad de su camino,
encontrar la estrella que lo torciera,
encontrándose en sí mismo y en el centro de la Tierra.
Porque jamás cesó de apuntar esta máxima, su divisa:
“Permanecer siempre en el deseo,
e incluso más allá del deseo.”»
Entonces, Carlos, cuando de ti digan todo eso y más aún,
allí estaremos nosotros, tus amigos:
la gente que te amamos
y sufrimos, como tú, la amargura de ser menospreciados
simplemente por haber escrito.
Y serán la luz del cielo y del mar y de los astros, testigos.
Y el verso incandescente y corrosivo,
y el hiato, y el diptongo,
el subjuntivo.
(Pero me callo. Ya oigo los gritos de Lodeiro.
Gaviotas que, de las Cíes,
perforan tímpanos, témpanos y yelmos.)

©José Enrique Martínez Lapuente (Todos los derechos reservados)

Octubre, 2016

 

Un pensamiento sobre “El último poema”

  1. Una vez más José Enrique Martínez Lapuente nos trae con su poética el entrañable recuerdo de un amigo escritor para que permanezca siempre “incluso más allá del deseo”. Este es su mejor homenaje. Gracias, Lapuente.

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