El año en que fui un personaje de ficción

Ficciones literarias

Cubierta de la novela de Dolores Gassós

Nuestra colaboradora, Lourdes Martínez, nos da a conocer, en esta crítica literaria para Text & Context, sus impresiones acerca de una extensa narración de Dolores Gassós: El año en que fui un personaje de ficción, novela editada por el sello Ushuaia. Dolores Gassós, nacida en Barbastro en 1952, es licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad de Navarra y ha desarrollado toda su vida laboral alrededor del mundo del libro.

Suele decirse que la realidad supera a la ficción, pero en el caso del relato que nos propone Dolores Gassós intuyo que la ficción se queda a medio camino.

La protagonista, Laura Samitier, mujer madura, inteligente, atractiva e independiente en el plano económico, se aburre soberanamente en su matrimonio. Un inmenso bostezo anímico envuelve la existencia cómoda de la protagonista; ésta goza de una vida relajada, previsible. Vida de adosado con vistas al mar, en una urbanización de la costa catalana del Maresme llamada Montalmar, donde la cohesión del grupo vecinal integra a profesionales sobradamente preparados que han llegado al cénit del triunfo personal gracias al tesón y esfuerzo que han ido desarrollando con esmero, día a día, en sus trabajos. El hilo de la narración nos sitúa en un ambiente de «burguesitos» risueños y encantados de conocerse.

Hasta aquí todo perfecto; salvo que, como la sabiduría del Tao ya nos advierte, no hay nada eterno excepto el cambio. Así, un día, un hecho trágico cuestionará la vida apacible de nuestra protagonista, y, en esa particular tesitura, su mundo experimentará inevitables transformaciones que la pondrán en contacto, mediante la mensajería de su correo electrónico, con un reputado columnista de un acreditado diario. Un hecho tan corriente como éste llenará su vida de excitación, expectativas e ilusiones puestas en una futura pasión amorosa que promete aventura y frenesí junto a P.T., el columnista en cuestión, cuyo amor no parece sino un lance del destino para dar sentido a una existencia anodina. Esa repentina novedad empujará entonces a nuestra «heroína» a cambiar los resortes esenciales que articulan su aburridísima estabilidad marital. Con el nuevo romance dará comienzo una relación epistolar a través de la red. Y al hilo de la misma se irán tejiendo emociones, sentimientos y reflexiones alrededor de ese objeto del deseo que cada vez resulta más esquivo e inalcanzable: P.T.

La fantasía tomará cuerpo hasta invadir por completo la mente de la protagonista. Una fantasía que le permitirá manifestar sus múltiples facetas como sujeto femenino del siglo XXI: mujer espía, mujer desesperada, mujer profesional. Juana de Arco, cristiana «progre» y aventurera ardiente en tierras de Oriente Medio.

Sin embargo, el personaje no es precisamente una damisela que muere por amor; no es, tampoco, Madame Bovary; mucho menos una masoquista que se entrega al fuego para expiar su pecado y así salvar al hombre elegido. Nada de eso. Su quimera amorosa será el acicate para su «salvación», para recuperar su identidad y tratar de convertirla —sólo el tiempo lo dirá— en una escritora de éxito.

La ensoñación que atrapa al personaje central de esta novela otorga un tono desigual al relato; son demasiadas las notas que no consiguen desplegarse y armonizarse en un bello arcoíris narrativo. El primer tempo de la narración se me antoja un tanto banal y, en ocasiones, bastante manido: biografías de diseño; personajes con vidas perfectas que pululan en series de televisión sobradamente conocidas. A menudo he tenido la sensación de estar frente a una viñeta de Superadas, de la dibujante Maitena. Luego, a medida que el relato avanza, he encontrado bellos destellos reflexivos sobre el amor, la vida, los sentimientos y las relaciones familiares que han conseguido removerme e incluso emocionarme. Es ahí donde la novela adquiere cierta fuerza que dignifica el relato general, la acción de sus protagonistas…

Pero volviendo al comienzo de mi primera impresión, allí donde suscribo que la novela se queda a medio camino de la ficción que describe, diré que así lo hace porque adolece de posicionamiento. La novela transita entre las páginas de un diario que narra las aventuras y desventuras de Laura Samitier; diario con pretensiones de crónica social, donde una Barcelona de postal se erige cual maravilloso envoltorio; salen también a relucir unas reflexiones políticas muy ad hoc sobre nuestra Guerra Civil, también sobre la «cuestión catalana», o la crisis económica que tímidamente da la cara, pero que no ensombrecen para nada la cotidianidad de los protagonistas; se cuelan de rondón, sin más. La atmósfera del relato exhala, sin embargo, cierto costumbrismo que yo definiría como el buen manual del moderniki urbano. Vamos, que no faltan tópicos: referencias a Woody Allen, a películas romanticonas y melifluas, pero también al mejor cine de Hollywood.

La novela juega con la vaga promesa de que algo va a suceder… y justo en el ecuador de su narración, la autora se vale de una prosa ágil, fluida. Su castellano es intenso, rico en metáforas y recursos, elementos que sin duda brindan dinamismo; gracias a ello logra captar el interés, la curiosidad. Su relato me movilizó una brizna de adrenalina, una fugaz ansia por llegar al desenlace: ¿qué ocurrirá entre la protagonista y P.T.? El eco del texto reverbera esas voces que, así lo creo, podrían estar mejor enhebradas, pues aparecen toda una serie de contradicciones en el comportamiento de los personajes que, en ocasiones, resulta difícil comprender. En resumen: son personajes que no gozan de credibilidad a lo largo del texto, que no se comprometen ni arriesgan nada. No ocurre nada intenso ni espectacular; estamos ante una apoteosis interrumpida. La novela entretiene, pero no convence. Su discurso es programable: todo está en su sitio, todo en orden. La realidad y la ficción siguen a pies juntillas la partitura de una sociedad vacua y líquida, hastiada de sí misma, aburrida del éxito… y que necesita «colgarse» de una realidad virtual para sentir algo. Siquiera ese «algo» sea la efímera virtud de su vacío.

Lourdes Martínez

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