Archivo de la categoría: Piedra de sueños

Antes que el tiempo acabe

Reflexiones alrededor de un poema de Luis Cernuda

Sí, antes que el tiempo acabe preciso es contar aquello que, en la vida ya vivida, nos visita una y otra vez para pedirnos, si no cuentas, sí al menos morosa meditación. Así, el poema de Luis Cernuda, «Sombra de mí», perteneciente al libro Con las horas contadas (1950-1956), nos invita a mirar de nuevo la estela del río que nos lleva para tomar conciencia, una vez más, del juego de espejos que ilumina cualquier existencia desde un lugar que, aun siendo equívoco, resulta ilusorio. Equívoco en tanto cuanto «puede interpretarse en varios sentidos, o dar ocasión a juicios diversos» (RAE, Diccionario de la Lengua Española); e ilusorio en la medida en que nuestra percepción, siendo real, puede llamarnos a engaño. Seguir leyendo Antes que el tiempo acabe

Tertulia que fue Tartessos

Una librería y su tiempo

Dicen, y no sin razón, que la profesión de librero es una profesión de riesgo. Tal parece cuando son numerosas las librerías que cierran por falta de lectores, y nadie, ningún poder estatal o privado, se estremece ni mueve un dedo ante semejante desafecto por parte del público. Son ya muchas las librerías que han echado la persiana, y que, grandes o pequeñas, en su lugar se instalan oficinas de negocios multinacionales o sedes de entidades financieras. El actual poder político —con independencia del signo que sea— no parece otorgarle demasiada importancia a la cuestión, y, más allá de las consabidas campañas en los medios de comunicación, no hace nada realmente significativo al respecto. Seguir leyendo Tertulia que fue Tartessos

Luis Claramunt: El «otro» de sí mismo

El desapego como conquista de la
libertad artística

Solía frecuentar los bares del Barrio Gótico de Barcelona, y, de modo especial, el ubicado en la primera planta de la galería de arte Amagatotis, en la calle de la Liebre.

Tímido, retraído, parco en palabras, Luis Claramunt, de quien desconocíamos su nombre y apellidos, y a quien llamábamos El gitano, era en ese entonces —primeros años ochenta— un artista apenas conocido. Un tipo raro que por no tener ni siquiera poseía carnet de identidad ni cartilla de la Seguridad Social. Un outsider, un marginal, un nómada. Uno más de la peña que recalaba en aquellos lugares que tantos sueños y esperanzas abrigaron en el alma de escritores, poetas, pintores, cineastas, actores y demás congéneres de la farándula de Barcelona. Seguir leyendo Luis Claramunt: El «otro» de sí mismo

Nunes, un «memento»

Imagen última de un creador irrepetible

 

Para Adela Martínez, con un recuerdo emocionado.
Asimismo, para Virginia, Jorge, Daniel, Patricia y Raquel Nunes.

Parece ser que la España de los años sesenta no fue tan truculenta como algunos pretenden. Cierto: la dictadura del general Franco fue una experiencia que traumatizó a millones de ciudadanos que, anonadados ante la mezcla de represión y precariedad existente, no acertaban sino a sobrellevar sus vidas de la forma más anodina posible. Sin embargo, en el interior de aquel país, contra viento y marea y desafiando las leyes inicuas de un régimen opresor, la vida se las arreglaba para decir aquello que no podía sino insinuarse de forma elíptica, tangencial, con sobreentendidos que, a la par que curiosidad, despertaban complicidades de todo tipo. Seguir leyendo Nunes, un «memento»

Luminosos recuerdos de la materia oscura

Materia y universo en la obra de Enrique Gracián

El dolor enseñaba
Cómo una forma opaca, copiando luz ajena
Parece luminosa.

Luis Cernuda
(«Quisiera saber por qué esta muerte»)

Supe de Enrique Gracián por una entrevista que concedió en Barcelona al periódico La Vanguardia. En conversación mantenida con uno de sus colaboradores, Víctor Amela, este matemático, experto docente que siente pasión por la divulgación científica y que ha sido subdirector del programa Redes de Televisión Española (TVE), hablaba de aquello que sabe con probada solvencia, y, sobre todo, con sentido del humor. Fue este rasgo de su personalidad, así como su apellido («¿Tendrá algún grado de parentesco con Baltasar Gracián?», pregunté para mis adentros) los que me decidieron a leer su reciente obra: Construir el mundo.1 Además de encontrar en ella una exposición rigurosa y amena acerca de la formación y estructura de la materia, así como un paseo por el universo conocido hasta ahora por el hombre, descubrí en su discurso a un pedagogo ejemplar, alejado por completo de ese lema que tantos sufrimos bajo la férula de la escuela franquista: «La letra con sangre entra». Para este autor, la regla no es otra que la impartida por su admirado Mendeléyev: instruir con el ejemplo y corregir con amor. ¡Cuántas desgracias nos habríamos ahorrado de haber seguido esta recomendación, tan sabia como prudente! Seguir leyendo Luminosos recuerdos de la materia oscura

Solo Bacon pudo hacerlo

Nota breve acerca de su obra dibujada

Francis Bacon sobre Lucien Freud
Obra de Francis Bacon sobre Lucien Freud

Tantas cosas se han dicho sobre Francis Bacon (Dublín, 1909 – Madrid, 1992) que cuando tuvo lugar la presentación de su «obra dibujada» nadie creyó realmente que tal cosa fuera tangible. Ciertos críticos, galeristas, escritores o periodistas, que fueron informados de la iniciativa tomada por la Francis Bacon Collection of the Drawings donated To Cristiano Lovatelli Ravarino para presentar esa producción, estimaron que la misma no era otra cosa que una invención de sus promotores. Sin embargo, y a pesar de que el propio Bacon declarase no pocas veces que su capacidad para el dibujo era, de hecho, casi nula, las exposiciones celebradas en Londres, Madrid, Avilés y Valencia, desmintieron esas y otras manifestaciones similares. Por el contrario, mostraron la potencia de una obra que, si bien oculta por razones que su propio autor nunca quiso desvelar, hundía sus raíces en las primeras tentativas pictóricas que Francis emprendiera desde muy joven. Seguir leyendo Solo Bacon pudo hacerlo

Infierno, angustia y deseo

Reflexiones en torno a Désir, de Philippe Sollers

Louis-Claude de Saint-Martin
Louis-Claude de Saint-Martin, el «Filósofo Desconocido».

Así, por cada instante
De goce, el precio está pagado:
Este infierno de angustia y de deseo.
Luis Cernuda (Precio de un cuerpo)

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Permanecer en el deseo y aun más allá de él: en la estela del agua que se aleja, en el aire del viento que se va. Tal parece la divisa de Louis Claude de Saint-Martin, el «Filósofo Desconocido», autor de El hombre de deseo (1790), toda una declaración revolucionaria del Iluminismo según Philippe Sollers, quien, en Désir (Gallimard, 2020), reivindica su figura como la expresión más completa y acabada de esa corriente filosófica en años decisivos de la historia europea.

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Una casa sin fronteras

Si hay una década en la España «moderna» que ha sido mitificada hasta el delirio, ésa, sin duda, es la de los años ochenta. Después de conjurar los fantasmas más temibles del pasado, y tras superar la tentativa de golpe de Estado habida en 1981 —que sirvió para afianzar la monarquía y abandonar toda pretensión republicana—, la nueva situación, perfectamente acordada, permitió liberar energías que pugnaban por realizarse en todos los órdenes de la vida. Uno de esos órdenes o estructuras —el literario— experimentó un desarrollo inusitado. Así, por ejemplo, en las capitales más importantes del Reino, florecieron revistas, tertulias, editoriales y espacios diversos donde la novela, la poesía, el teatro y demás géneros alcanzaron cotas ciertamente admirables. Nunca, antes, se había producido una eclosión semejante.

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París, nueva postal de primavera

Breve relación de un viaje a la búsqueda de otra mirada

París. Una vista del puente Alejandro III

Sucesivas generaciones de artistas y escritores, cineastas, hombres de ciencia, políticos y ciudadanos del mundo regresan una y otra vez a ella con el secreto anhelo de renovar un vínculo que ningún tiempo extingue, como si el lema inscrito en su escudo (Fluctuat nec mergitur) desafiara la adversidad para celebrar que la barca de la vida, si bien es objeto de toda clase de asechanzas y desventuras, sigue navegando por encima de las olas del mar de la desdicha que baten nuestra existencia. Que sus muchos puentes, al unir las dos orillas del río que la cruza, no son sino asideros, invitaciones a ir cada vez más lejos, aun a costa de nosotros mismos.

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