Todas las entradas de José Enrique Martínez Lapuente

La cuesta de Sísifo

La cuesta de Sísifo, primera sección de este blog, persigue reunir todos aquellos escritos que desarrollen una crítica de las figuras principales que dominan el orbe de nuestra cultura social o política. En ella, pues, tendrán cabida artículos, comentarios y notas que reflejen no sólo temas de actualidad, sino estructuras más profundas y duraderas que determinan el curso de nuestra vida. Sabemos que Sísifo nunca logrará coronar la cumbre, que sus trabajos están condenados al fracaso. Fracaso relativo, sin embargo, pues tras cada tentativa de ascenso la experiencia se fortalece y un nuevo y más amplio conocimiento ilumina el alma del género humano. Aun cuando parezca condenado a repetirse, el ascenso nunca es el mismo, y la cuesta decrece por efecto de la erosión que los pasos del mito ejercen sobre la superficie de la corteza terrestre.

Barcelona, ciudad a la deriva.

Confinados

Del coronavirus a la economía verde: ¿Una transición imposible?

 

¿Cómo sugerir […] una ciudad sin palomas,
sin árboles y sin jardines,
donde no puede haber aleteos ni susurros de hojas,
un lugar neutro, en una palabra?
Albert Camus / La peste

Ciudades vacías, con fantasmas a la deriva en un espacio inhabitable, contaminado. Ciudades suspendidas en el aire de su propio vértigo y surcando un tiempo indefinido. Ciudades que han alcanzado, al fin, los confines de su propio precipicio. Por los que se despeñan sueños, ilusiones, vanidades, promesas, esperanzas infundadas, palabras inútiles. Sí, hemos tocado el fondo, que es el fin, para vivir confinados. Con finados, con muertos que parten en la más aterradora soledad y sin la presencia física de sus más allegados. ¿Qué ha pasado? Nadie lo sabe. Los enfermos, las víctimas de esta pandemia, los nuevos apestados, aumentan de modo exponencial mientras de fondo suena una algarabía estéril de voces que hablan hasta desgañitarse desgranando hipótesis que ningún científico, cabalmente, puede confirmar. Incluso hay quien aprovecha esta confusión para especular con el dolor y la desesperación de una humanidad doliente y desorientada: políticos irresponsables, periodistas sin principios, empresarios infames. Sigue leyendo

Manifestación en BCN

Unidad 29155

¡Que vienen los rusos!

Si la situación no fuera extremadamente delicada, la misma daría de sí lo suficiente para escribir un relato entre fantasmagórico y detectivesco y trufado además con generosas dosis de buen humor. Cataluña, que a lo largo de estos últimos años ha sufrido los embates de un nacionalismo tan grosero como ramplón (el propio, más el destilado por la incompetencia de una derecha tan carpetovetónica como inútil en su acción de gobierno), es ahora objeto de asechanza por parte, nada menos, que de una de las unidades de élite más temidas del Ejército ruso: la unidad militar cuyo código oculto no es otro que el conocido bajo la cifra 29155.

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Una casa sin fronteras

Si hay una década en la España «moderna» que ha sido mitificada hasta el delirio, ésa, sin duda, es la de los años ochenta. Después de conjurar los fantasmas más temibles del pasado, y tras superar la tentativa de golpe de Estado habida en 1981 —que sirvió para afianzar la monarquía y abandonar toda pretensión republicana—, la nueva situación, perfectamente acordada, permitió liberar energías que pugnaban por realizarse en todos los órdenes de la vida. Uno de esos órdenes o estructuras —el literario— experimentó un desarrollo inusitado. Así, por ejemplo, en las capitales más importantes del Reino, florecieron revistas, tertulias, editoriales y espacios diversos donde la novela, la poesía, el teatro y demás géneros alcanzaron cotas ciertamente admirables. Nunca, antes, se había producido una eclosión semejante.

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París, nueva postal de primavera

Breve relación de un viaje a la búsqueda de otra mirada

París. Una vista del puente Alejandro III

Sucesivas generaciones de artistas y escritores, cineastas, hombres de ciencia, políticos y ciudadanos del mundo regresan una y otra vez a ella con el secreto anhelo de renovar un vínculo que ningún tiempo extingue, como si el lema inscrito en su escudo (Fluctuat nec mergitur) desafiara la adversidad para celebrar que la barca de la vida, si bien es objeto de toda clase de asechanzas y desventuras, sigue navegando por encima de las olas del mar de la desdicha que baten nuestra existencia. Que sus muchos puentes, al unir las dos orillas del río que la cruza, no son sino asideros, invitaciones a ir cada vez más lejos, aun a costa de nosotros mismos.

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La magia de los libros

La aventura comienza allí donde abrimos la página. Desde el principio el texto, sea cual fuere su género, nos adentra en el dédalo de una memoria escasamente frecuentada, en los entresijos de una experiencia apenas recorrida o desmenuzada. El autor queda disuelto, pero no solo en lo escrito; principalmente su peripecia se proyecta, hasta desparramarse de forma molecular, en el alma del lector que, activo y atento, habrá de completar el viaje en esa ósmosis que tiene lugar en el hecho, unívoco siempre y exclusivo aunque revista un carácter universal, de fundirse en esa masa verbal que, árbol adentro, crece en el interior de la conjunción resultante entre voz y palabra en el acto mismo de pronunciarse. Porque solo la palabra hace al hablante, pues esta, anterior al sujeto, constituye y articula, da origen y fundamento, al ser que la recibe.

Se despliega entonces una secuencia invisible: escenas repetidas u olvidadas retornan para dar sentido y emoción, sentimiento, profundidad y perspectiva, a todo aquello que en nuestra vida parecía no tenerlo.

Hablamos de la magia, del hechizo propio del chamán que, como fuente o manantial, fertiliza el lecho que conforma la rotación de los signos en el momento de la creación literaria.

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Un encuentro fortuito

Novelas y poemas, películas y series televisivas nos hablan, cuando tratan de aproximarse a la historia de la ciudad francesa de Aviñón, de un conocimiento oculto, cabalístico, diseminado en edificios y monumentos, plazas recoletas, iglesias y monasterios que, valiéndose de signos herméticos, nos transmite un saber cifrado a lo largo de los siglos de carácter esotérico.

Aviñón, la ciudad de los papas.

Ningún escritor célebre ha publicado una guía que acierte a darnos noticia de ese tesoro escondido de hallazgos imprevistos. Solo Lawrence Durrell, en algunos de sus libros, pero sobre todo en su magna obra El quinteto de Aviñón despliega, no sin cautela, ciertos arcanos que velan ese compendio de señales y avisos que envuelven, con halo enigmático, la vieja ciudad que fuera sede papal de antiguos reinados pontificios. Sigue leyendo

Fronteras sin retorno

Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos decidido cambiar las pautas de un guion que no obedecía a los principios de nuestro deseo. Si bien las condiciones objetivas, aquellas que imponen la historia y el curso del tiempo, no lo permitían, el libre albedrío y una voluntad resuelta, torcieron aquello que parecía estar escrito con caracteres de fuego: el destino. Para los antiguos, esa fuerza desconocida que «obra irresistiblemente sobre los dioses, los hombres y los sucesos»1 se cumple sólo si la libertad interviene en la partida. Es una paradoja, aparentemente incomprensible, cuya contradicción sólo el oficio de vivir puede entender una vez transcurrida la mayor parte de nuestra vida.

Portada de la edición española de la novela "Cordero de Alá".

Portada del libro «Cordero de Alá», que aborda, entre otros, el espinoso tema del yihadismo.

Dichoso, pues, aquel que pueda elaborar, en las postrimerías de su existencia, en las meditaciones propias de la experiencia, éste y otros misterios que nos cuestionan e inquietan. Dichoso, sí, porque no todo el mundo tiene la posibilidad de dar sentido a sus pasos perdidos en esta tierra que nos sustenta y aguarda.

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Viaje al corazón de La Camarga

Para Andrée Santoni, porque si bien todo viaje abre en nuestra vida una perspectiva inédita, también, y simultáneamente, nos aporta una clara noción acerca de nosotros mismos: la del límite.

La vasta obra de Lawrence Durrell, El Quinteto de Aviñón, termina en Saintes-Maries-de-la-Mer para hacer de este enclave marinero  —lugar de peregrinación del pueblo gitano y capital de La Camarga— el símbolo exotérico de la renovación de la vida o nueva era, edad que se anuncia como triunfo sobre la ciega fuerza de la entropía. Alrededor de su iglesia, construida entre los siglos XI y XII, se arraciman las viviendas, como si éstas quisieran defenderla creando un círculo de protección, un dédalo fantástico de callejuelas y plazoletas que anudasen al mar la esperanza o el sueño de tantos peregrinos como suelen visitarla cada año. De la devoción a Marie-Jacobé y Marie-Salomé dan fe los numerosos y delicados ex-votos que adornan las paredes del templo, muestras de agradecimiento por los muchos favores recibidos. Al fondo de la iglesia, en la cripta, hallaremos la figura de Sara, la Virgen negra, a la que todos los gitanos llegados de no importa dónde veneran con tanto fervor como entusiasmo arrebatado.

Por el valor simbólico que adquiere el lugar, por sus muchas comodidades y amables tentaciones, iniciamos este viaje al corazón de La Camarga bajo la advocación de esa fuerza, entre telúrica y marina, que emana del lugar, y que Durrell sitúa en los confines de un misterio que no por oculto resulta menos evidente a lo largo de su obra.

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