Abel Paz o la memoria perdida de Ricardo Santany

Edición del libro de Abel Paz "Viaje al pasado".

Edición del libro de memorias de Abel Paz “Viaje al pasado”.

Ahora pueden gozar ustedes ininterrumpidamente
de cadáveres mutilados, cuerpos grotescos colgando de
las farolas, jaurías de perros adiestrados en la caza
y devoración de sospechosos, de un primer ministro empalado
y sin ojos, con un gracioso alfiler de corbata
adornado con sus propios testículos.
JUAN GOYTISOLO (Paisajes después de la batalla)

 

Para muchos, la caída del muro de Berlín, como símbolo, ha representado el fin de una era: el fin del socialismo realmente existente. Escritores y filósofos, periodistas, ideólogos liberales, historiadores, políticos y gentes identificadas con la democracia como bien supremo, han celebrado de forma entusiasta ese momento culminante de la historia europea. Nos han dicho, entre sonrisas de triunfo y gestos de complicidad, que, de ahí en adelante, sólo la libertad, la justicia, el necesario mestizaje entre culturas, conformarían un período en el que la ciencia, el arte, y un fantástico desarrollo económico y social, darían paso a un nuevo orden a escala planetaria en el que la razón humana reinaría para siempre como norma soberana de conducta entre los hombres.

Poco ha durado la alegría. Los hechos, que siguen siendo muy tozudos, demuestran que, a pesar de las formidables conquistas de la revolución científico-técnica, a pesar del consenso democrático, a pesar de las buenas intenciones, el ser humano aún no ha cruzado el rubicón de su prehistoria. Desgraciadamente, ahí están, para confirmarlo, los conflictos que asolan las antiguas repúblicas de Yugoslavia, la guerra de Chechenia, el integrismo musulmán, los tenaces enfrentamientos entre árabes e israelíes, el genocidio de Ruanda, la vergüenza del hambre atroz en Somalia, las espantosas condiciones de vida en el llamado Tercer Mundo, las bolsas de miseria en las grandes metrópolis del Imperio Americano, en sus provincias periféricas… La xenofobia, el racismo, el ansia de más y más poder, la locura capaz de arrastrar a naciones enteras a la barbarie y al crimen para satisfacer intereses y apetitos que han surgido, y siguen surgiendo, de «las aguas heladas del cálculo egoísta».

Muchos de los que así han hablado lo han hecho desde la más absoluta irresponsabilidad, y es curioso comprobar cómo la mayoría de ellos fue gente «de izquierdas» en otro tiempo: Atolondrados entusiastas que querían transformar el mundo entero de raíz. Resulta doloroso evidenciar, una vez más, cómo la raíz del mundo, regada a lo largo de los siglos con el sufrimiento y la esperanza de los hombres, con su ignorancia y maldad, con la sangre fratricida, pero también con la abnegación inteligente de pequeñas pero luminosas conquistas de la razón, del amor y del trabajo, ha trocado su impaciencia en cinismo, su entrega en despecho, su comedido talento en abierta estupidez.

Se ha escrito en algún lugar que toda revolución gusta de amantes jóvenes, que lo exige todo; y que las fuerzas que moviliza son de tal magnitud que, al final, acaban por devorar a sus propios hijos. No parece, habida cuenta del destino sufrido por las grandes revoluciones de nuestro tiempo, que tal aserto pueda ser discutido con elocuencia. Quizás haya llegado la hora de aceptar que las pasiones —sobre todo las de naturaleza política— precisan de cierto límite, de horizontes más cortos que los que brotan de su febril imaginación para que algo de ellas pueda realizarse definitivamente, consolidándose en el tiempo como una conquista irreversible para todos. Queremos señalar con ello la conveniencia de reducir disparatadas expectativas, de fijarse objetivos concretos que, una vez alcanzados, cambien sustancialmente algún aspecto importante de nuestra realidad. Sólo así, poco a poco, la Historia cobra un sentido nuevo que muy difícilmente podrá torcerse. En lugar de magnas revoluciones palaciegas, parece que la hora presente precisa de iniciativas que abran vías reales de acción que, a su vez, articulen un nuevo tipo de tejido social de izquierda.

Si esos intelectuales, que con tanta frivolidad se han expresado en esos o en parecidos términos, se hubieran atenido a las más nobles tradiciones de su pensamiento, no habrían lanzado tan alegremente las campanas al vuelo. Si en vez de tomar sus deseos por realidades hubieran practicado el más pequeño ejercicio crítico… si en lugar de tanta pasión inútil se hubiesen aplicado más al estudio de las condiciones realmente dadas, habrían recordado con Trotski que…:

«La humanidad no se ha movido siempre e invariablemente hacia adelante […] Ha conocido en su historia largos períodos de estancamiento. Ha conocido recaídas en la barbarie. Ha habido casos […] en que la sociedad, después de alcanzar cierto nivel de desarrollo, fue incapaz de mantenerse en ese nivel […] La humanidad nunca puede detenerse completamente. Cualquier equilibrio que pueda alcanzar como resultado de las luchas entre las clases y las naciones, es inestable por su propia naturaleza. Una sociedad que no avanza debe retroceder. Una sociedad de la que no emerge ninguna clase capaz de asegurar su progreso, se desintegra. Entonces queda abierto el camino a la barbarie.»

Pero cuando se prescinde de la memoria, cuando las más elementales señas de identidad son arrojadas por la borda, cuando en lugar del rigor en la reflexión y el pensamiento se instalan el oportunismo y los intereses más bastardos, cuando al no aceptar una derrota histórica de incalculables consecuencias se prefiere no efectuar ningún tipo de autocrítica escondiendo la cabeza bajo el ala… Entonces, el desastre, con el consiguiente retroceso histórico, están asegurados de antemano. No en vano encabezábamos esta breve nota con esa cita de Juan Goytisolo: El paisaje que queda después de la batalla resulta, cuando menos, desolador. Mas, con ser alarmante, no reside ahí lo peor. Lo peor está aún por venir, está llegando ya… y a todos nos sorprende desprevenidos, desorientados, sin capacidad alguna para la reacción.

Que nadie espere, en esta tesitura, ninguna clase de mesianismo redentor; ni respuestas tranquilizadoras o gratificantes por parte de nadie. Quien así proceda estará sembrando exclusivamente en su propio provecho; valiéndose una vez más del engaño, y, como casi siempre, a costa de la ignorancia y del miedo. En lugar de instalarse en la pasividad y en la ingenua confianza, que cada cual busque dentro de sí: En su propia experiencia, en el núcleo más activo de sus necesidades, de su deseo… en los rizomas de su propia memoria.

No otra cosa nos propone Abel Paz con el libro que hoy nos ocupa: Viaje al pasado.

Última entrega de un vasto proceso de elaboración de recuerdos y experiencias, Viaje al pasado constituye el cuarto volumen de las memorias de un militante anarcosindicalista que participó activamente en la guerra y revolución españolas, que conoció el exilio y sus campos de concentración, la resistencia contra los nazis, el reencuentro con la España franquista en años particularmente crueles, hasta dar con sus huesos en la cárcel. Todo ese tiempo queda fielmente reflejado por Abel Paz, quien, al escribir, no hace otra cosa que cumplir una deuda contraída con su alter ego: Ricardo Santany.

Bajo ese nombre, Abel Paz fue apresado varias veces y conducido de las comisarías y cuartelillos a las cárceles de la dictadura franquista. Su cédula de identificación, y también su ficha policial y antropométrica, así nos lo demuestran. De no ser por la paciente tarea de reconstrucción de Abel Paz, la memoria perdida de Ricardo Santany habría desaparecido para siempre.

Sin embargo, a pesar del tiempo transcurrido, aun a costa de un cierto éxito editorial en Francia y otros países, nuestro autor, muy oportunamente, recibió la visita inesperada de Santany una noche cerrada, de espesa niebla, del año 1990. Entre anécdotas de la vida en la cárcel, mutuos reproches, vasos de vino tinto y cigarrillos —muchos cigarrillos— la noche fue resolviéndose en un compromiso del que Abel Paz no abdicaría: Aquel paquete de folios mal escritos que Santany traía bajo el brazo, envuelto en papel de periódico, vería la luz. Convenientemente corregido y aumentado con nuevos e indelebles recuerdos que Paz iría añadiendo ??fruto sin duda de una dilatada experiencia en común.

Una primera lección parece desprenderse de ese insólito encuentro: Pase lo que pase, el otro siempre vuelve. Y, en este caso, vuelve para ajustar cuentas con la Historia, para darnos noticia fidedigna de su existencia, de su tiempo. Precisamente ahora, un momento en que casi todo el mundo parece celebrar las mieles de la democracia al precio de la corrupción y del escándalo, de la desmemoria.

Para nadie es un secreto que el orden mundial que nos vive, al cual estamos sometidos y que se nos ha impuesto mediante sutiles métodos, se caracteriza por ser esencialmente dañino, normalizador y perverso. Se ha llegado a un punto —¿hay retorno?— en el que el patrón de conducta que más se estimula, que más adeptos gana día a día, es el de que «aquí vale todo» con tal de «triunfar» en el magma social existente. En este entorno tan poco ecológico el otro, el semejante pero distinto, ya no es un hombre o mujer al que haya que contemplar con respeto y entablar con él un diálogo que incorpore la riqueza que entraña cualquier noble diferencia; por el contrario, según esa lógica infame el otro no es más que un sucio competidor al que habrá que derrotar, eliminar, destruir si necesario fuese.Naturalmente, para esta tarea de banalización del hombre y de su vida cotidiana en todos los ámbitos, el sistema precisa de individuos desmemoriados, sin historia personal ni colectiva, sin conciencia alguna de existir en un tiempo que hunde sus raíces en su historia familiar y social, en su vida psíquica más profunda.

Ricardo Santany era muy consciente de todo esto en el transcurso de la conversación que sostuvo esa noche de invierno con Abel Paz. Con sus propias palabras nos ha querido dejar constancia de que el hombre ha de rebelarse si de veras quiere vivir. Más aún: la condición del hombre es la propia de un ser rebelde por naturaleza. Y su capacidad para rebelarse está, aunque él no lo sepa, en su memoria. No otra cosa, por otra parte, nos ha recordado recientemente una persona tan inteligente como sensible. En efecto, Julia Kristeva, en una entrevista publicada hace ya algún tiempo nos decía que: «Los intelectuales debemos volver a crear una cultura de la rebelión […] Porque si no deseamos convertirnos todos en robots o ser reducidos a una técnica de zapping, tenemos que guardar esa memoria (Platón, Pascal, Hegel, Nietzsche…) leerla, interpretarla, analizarla a la luz de nuestras experiencias presentes, dándoles una continuidad a través de la creación.»

Abel Paz, al rescatar del olvido la crónica de Ricardo Santany, ha creado una espléndida obra de rebelión gracias a la memoria. Muchas de las preguntas que hoy, intencionadamente, se han barrido de la escena política española y que palpitan debajo de la alfombra, rebrotan a lo largo de toda su obra desde la ironía, con insistencia: ¿Pero existió alguna vez la II República? ¿Hubo de verdad una revolución? ¿Qué fue de los republicanos españoles en los campos de Argelés, de Djelfa, de Mauthausen? ¿Quiénes activaron desde el primer instante de la ocupación, y aun mucho antes, la resistencia en Francia? ¿Qué fue del vasto exilio español en Iberoamérica… Dónde está su obra? ¿En qué condiciones se vieron quienes siguieron luchando en España? ¿Qué fue de la guerrilla durante los peores años de la dictadura? ¿Existieron las prisiones de Franco? ¿Qué se quiere decir con eso de «las sacas» que tenían lugar a altas horas de la madrugada en todas la prisiones de España? En fin… ¿En qué han quedado los sueños de esperanza puestos en un mundo nuevo, en una sociedad mejor, que no más desarrollada?

Parece que Ricardo tenía prisa por darnos noticia de todo ello. No tenía muchas expectativas por delante… así que, como mínimo, no ha querido renunciar a su punto de vista. Y Abel Paz, una vez más, ha cargado con la pesada tarea de dar forma precisa a una vida que, en el fondo, ya es ajena: La vida de alguien que, perdido en el espacio y en el tiempo, apenas si era capaz de transmitirnos los trazos esenciales de su itinerario.

Viaje al pasado es también la escritura de una existencia que ya no se desea pero que se añora; que fue vivida con ardiente pasión, con entrega generosa y verdadero entusiasmo. Desde este punto de vista —y precisamente ahora, cuando la política española está en manos de bribones de la peor ralea— un testimonio como el que nos brinda Ricardo Santany a lo largo de su vida es ejemplo cabal del altísimo grado de ética y honradez que hombres y mujeres de nuestro país, y de otros que a través de él se solidarizaron con la causa de la Revolución Internacional, ofrecieron al mundo entero en condiciones difíciles de imaginar por nosotros actualmente. Frente al piquete de ejecución, frente a la tortura o al encarcelamiento, el hambre, la miseria, el exilio o el olvido, estos hombres y mujeres supieron defender su dignidad —y la de todos— de los embates de una dictadura sanguinaria e implacable, pero inútil en su empeño de borrar para siempre la memoria de ese tiempo de nuestra conciencia colectiva.

Con la ilusión de los primeros años de su juventud, con la esperanza abierta al mundo y a la vida, Ricardo Santany, en la pluma de Abel Paz, se despide de todos nosotros legándonos lo mejor de sí —que no es gloria, fortuna o ambición de las cosas de este mundo, sino hambre de otra cosa, de ser otro— para que las jóvenes generaciones dispongan de un referente más, de la experiencia terrible pero apasionante de un hombre que, al igual que Miguel Labordeta en su canto, nos dice:

Siento en el camino al dios
que avanza como un ángel formidable
contra el deseo de la Nada.

©José Enrique MARTÍNEZ LAPUENTE
Barcelona, 7 de Febrero de 1995

*Prólogo al libro de Abel Paz, Viaje al pasado.

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